Autoestimarse

La autoestima es el conjunto de actitudes y juicios de valor que una persona hace respecto de sí misma, en clave afectiva o emocional, o lo que es lo mismo, hace referencia a los sentimientos que la persona experimenta hacia sí misma. Dicha valoración contemplará diversos aspectos que constituyen la identidad de la persona tales como los rasgos físicos o corporales, psicológicos o mentales y los espirituales.

No se trata únicamente de «quererse a uno mismo» como se dice popularmente. Es un concepto más complejo, que además de valorarse positivamente implica autoconocerse, aceptar las limitaciones y reconocer y potenciar las caulidades positivas.

La autoestima está en constante desarrollo desde que nacemos hasta el fin de nuestra vida. Si tuviéramos que representarla gráficamente, la imagen idónera sería un zig-zag, con sus bajadas y subidas. Lo importante, es que estos altibajos se den dentro de un cierto equilibrio.

Un concepto arraigado al de autoestima es el autoconcepto, que se trata de la suma de creencias que tiene un individuo sobre sus cualidades personales, lo que sabe o cree saber de sí mismo, esto es, la imagen que tiene de sí mismo. El autoconcepto, pues, hace referencia a un componente cognitivo y la autoestima tendría que ver con lo emocional.

Otra manera de definir ambos conceptos es la siguiente: el autoconcepto es la respuesta a la pregunta «¿quién soy?» y la autoestima sería la respuesta a la cuestión «¿cómo me siento respecto a mí mismo?» (la valoración que hacemos de la respuesta a ese «¿quién soy?»). Por ejemplo, soy madre o padre formaría parte del autoconcepto de alguien y soy buen/mal padre/madre tendría que ver con la autoestima.

No confundir las responsabilidades como el trabajo o las aficiones (los «me gusta…») con el autoconcepto o la autoestima. Lo que sí es cierto, es que de la mano de dichos «ingredientes vitales» se pueden desprender creencias, juicios de valor, sentimientos y cualidades que sí tendrían que ver con nuestra identidad.

El origen de la autoestima se sitúa en el principio de la propia vida y, por tanto, en la relación que tiene el hijo con sus padres. La autoestima podría tratarse de uno de los sentimientos más primitivos o básicos; el amor a sí mismo es una condición natural, una condición humana. Cuando la mayoría de las personas tratan de recatar de la memoria el primer sentimiento que recuerdan (normalmente en torno a la edad de cinco años, en alguno casos antes), no es un sentimiento hacia sí mismo sino que guarda relación con sus padres o la relación que mantenía con estos, tratándose de un sentimiento reactivo y no propio o intrínseco. Por tanto, la autoestima tiene que ver mucho con la educación recibida por parte de la familia, ya que esta es la que  transmitirá y enseñará los primeros y más importantes mensajes y valores que llevarán al niño a formar su autoestima. Es por esto que la comunicación, el afecto y el apoyo familiar resulten vitales para el desarrollo de la autoestima.

Otros factores externos importantes en el desarrollo de la autoestima del niño serán la eduación en la escuela, las relaciones interpersonales y el entorno más cercano. 

La educación de los sentimientos (educación emocional) y la educación en valores, tienen un papel fundamental en cuanto a la autoestima de los hijos y la que tendrán, consecuentemente, como adultos. En este sentido, es importante la sensibilización de los padres respecto a ambos elementos a la hora de educar: sentimientos y valores. Una persona que no haya tenido una buena relación afectiva con sus padres, probablemente no se estime adecuadamente (faltaría algo de base, por así decirlo) y podría tener más dificultades a lo largo de la vida que las personas que sí tuvieron unos vínculos afectivos adecuados con ambas figuras. De la misma manera, si una persona no ha sido querida o no se ha sentido querida, tal vez tenga dificultades para querer (podría acabar pensando que si no vale para ser querida quizás sea porque no tenga nada bueno que aportar a los demás y podría cerrarse o tener barreras a la hora de confiar, entregarse y querer a otros).

El primer valor fundamental es la estima hacia el propio ser. La educación en la autoestima se fundamenta en el conocimiento real que cada persona tiene de sí misma (si la persona no se conoce honestamente viviría engañada o equivocada). El autoconocimiento es la base de una autoestima sana y adecuada.

Tras el autoconocimiento vendría la autoaceptación de sí mismo, y esto supone aceptar las limitaciones y defectos que por determinadas circunstancias no se puedan cambiar, tratando de equilibar la balanza mejorando o cambiando aquellos aspectos que nos resulten incómodos y que sí se encuentren sujetos al cambio (hablaríamos de autosuperación).

Reconocer nuestras cualidades positivas, nuestras potencialidades (¿en qué soy bueno o destaco?) y sacarles partido, también forma parte de la autoestima. La autoafirmación y la entrega supone entregarse a aquello que uno realiza o emprende, apasionarse, vivir con ilusión y ser creativos en el día a día.

Algunos autores como William James definieron la autoestima como el resultado de una fórmula: autoestima=expectativas/resultados. Esto ha podido empañar la visión y el manejo que tenemos de la autoestima, ya que alguien podría entender que sólo tendría una buena autoestima el que cumpliera todas sus expectativas en la vida y obtuviera los resultados deseados. Esto no es así, todos tenemos determinadas frustraciones y no por eso nuestra autoestima necesariamente va a estar dañada, al contrario, podría actuar como una defensa a la hora de afrontar los obstáculos e inconvenientes de la vida y asumir que determinadas cosas no están a nuestro alcance. En este sentido, la autoestima actuaría como el sistema inmunológico de nuestra mente.

La autoestima se puede curar, mejorar, alimentar… Para poder ayudar a alguien que tenga problemas de autoestima (por defecto o por exceso), lo primero es que sea consciente de ello, obtenga información al respecto y esté dispuesta a esforzarse por iniciar un plan de superación personal, que consiste en la fijación y consecución de una o varias metas realistas, honestas y medibles. Los pequeños o grandes cambios positivos conseguidos irán poco a poco saneando y potenciando el nivel de estima que la persona sienta hacia sí misma.

Cuanto mejor sea nuestra autoestima:

– Más capacitados estaremos para afrontar las adeversidades y superar los conflictos.

– Más capacitados para ser creativos en nuestra vida.

– Más oportunidades de entablar relaciones enriquecedoras.

– Mayor respeto hacia los otros (el respeto a los demás parte del respeto a uno mismo).

Iván Hernández Santana

Centro de Atención Multidisciplinar

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